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La fe no es emoción ni pensamiento positivo; es una convicción
espiritual profunda que se apoya en la Palabra de Dios. Creer es vivir
convencido de que lo que Él dijo es verdad, aunque aún no se vea.
No depende de la vista ni de la lógica, sino de la confianza total en Su
fidelidad.
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El origen divino de la fe
“Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros,
pues es don de Dios.” (Ef. 2:8)
La fe no nace del hombre; nace de Dios. Es parte de Su naturaleza y
se imparte por Su Espíritu. Cuando Él habla, Su Palabra contiene poder
creativo. “Dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz.” (Gn. 1:3) “La fe viene
por el oír, y el oír, por la Palabra de Dios.” (Ro. 10:17)
El Espíritu Santo planta en cada creyente una medida de fe (Ro.12:3),
que crece cuando escuchas, meditas y obedeces Su Palabra. La fe no
sube del hombre a Dios; desciende del cielo al corazón del creyente.
“Nosotros tenemos el mismo espíritu de fe.” (2 Co. 4:13)
La fe no es humana, es espiritual. No se fabrica; se recibe de Dios.
Aplicación a la vida cotidiana
Saber que la fe tiene origen divino te
libera de intentar fabricarla. Ya no dices:
“No tengo fe”, sino: “Espíritu Santo,
activa la fe que pusiste en mí”.
* En la incertidumbre, ejercítala.
* Cuando la razón diga “No se puede”,
deja hablar al Espíritu.
* Aunque cambien las circunstancias, tu
fe permanece, porque proviene del Dios
que no cambia.
“La fe no necesita explicaciones; actúa con convicción y convierte
lo invisible en realidad.”

